domingo, 10 de enero de 2016

LA PALABRA

Por medio de la palabra nos comunicamos, nos manifestamos. La palabra es sonido exterior que muestra la verdad interior. Por eso el hombre se define y expresa por la palabra; cuando queremos alabar a un hombre honrado y justo, que hace lo que dice, lo definimos como "hombre de palabra".

Navidad es el misterio de la Palabra encarnada. Al leer el denso y maravilloso prólogo del Evangelio de San Juan, recordamos y celebramos que la Palabra se hizo carne y vino a nosotros. Y al mismo tiempo constatamos que los hombres no la recibieron, no la conocieron y cerraron sus puertas. En la Navidad primera y en la Navidad de hoy, Dios viene a nosotros y quizá nosotros nos resistimos a recibir a Dios. Como los habitantes de Belén, es más cómodo no enterarse, no recibir verdaderamente la Palabra y contentarnos con un “Felices pascuas” cantando un villancico, pero no colaborando para que se haga realidad la Navidad. 

El hombre cada vez domina más la palabra, habla más lenguas, escribe más libros, redacta más informes y artículos y a la vez miente más con la palabra. Dios, en cambio, muestra su Palabra total y definitiva en Cristo, se nos hace más cercano con su Palabra encarnada y nos revela que en la palabra amor se condensa toda la “ley de los profetas”. 

No creemos en un Dios mudo, sino en un Dios que ha hablado, que ha enviado al mundo su Palabra de salvación; por eso lo proclamamos a viva voz:

“Por Él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas; tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor. Él, en cumplimiento de tu voluntad, para destruir la muerte y manifestar la Resurrección extendió sus brazos en la cruz, y así adquirió para ti un pueblo santo”.

domingo, 20 de diciembre de 2015

PREPARAR LA NAVIDAD


 

No es aconsejable abandonarse al acaso y confiar en la fortuna; es arriesgado no ser previsor. La vida nos enseña que se deben preparar las cosas importantes, lo cual es signo de madurez y de interés. Se preparan los acontecimientos especiales: los viajes, las oposiciones, las comidas, etc. ¿Hemos preparado la Navidad? ¿Nos hemos preparado para celebrar el acontecimiento salvador de Dios? 

Es evidente que en el mes de diciembre se preparan las próximas fiestas. Se preparan los regalos, los belenes domésticos, los árboles con sus luces y espumillón, etc. Se encienden muchas luces en las calles, quizá sin caer en la cuenta de que lo más importante es iluminar el espíritu. 

No basta enviar christmas con deseos de felicidad. Es preciso merecer la alegría verdadera. La Navidad, tan evocadora y sugerente con sus mil matices y vivencias, no se puede improvisar. 

En este domingo último de Adviento se nos ofrece el ejemplo de quien mejor preparó y vivió la principal Navidad de la historia: la Virgen María. María no se quedó en Nazaret, no se refugió en su casa, se puso en camino para visitar a su prima Isabel y ayudarla. 

La actitud de María es una seria interpelación a nuestros egoísmos y cerrazones, es decir, a nuestro mal planteamiento de preparación de la Navidad sin abrirnos a los demás. María fue aprisa, llevando la Salvación dentro de sí, a repartir y compartir la alegría en casa de Zacarías e Isabel. 

Nosotros, cuando todavía falta muy poco para Nochebuena, ¿nos hemos puesto en camino por algo o en favor de alguien?, ¿hemos ido a comunicar a los otros la paz y la alegría, que hacen saltar por dentro ante la proximidad de Dios Salvador? Seremos benditos en Navidad, como la Virgen, si llevamos dentro a Dios, si transmitimos lo que es fruto de la fe: la paz, la alegría y el amor sin límites.

sábado, 12 de diciembre de 2015

CRISTIANOS ALEGRES

Ser persona alegre, cumplir el mandato de la alegría es una exigencia de la fe y del talante cristiano, en Adviento y siempre. 

Es fácil definir la alegría, pero cuesta más descubrir su profundidad y condicionamientos. Para caminar por el camino sencillo del gozo sereno hay que convertirse a la confianza y transparencia de los niños. Aún es posible la alegría, a pesar de las amenazas que quieren matar por doquier cualquier brote de felicidad. 

El niño es feliz porque se sabe protegido y amado, mientras los mayores rompemos el sentido de la convivencia y de la protección. Quizá es oportuno volver a pensar y recobrar los valores primeros de la existencia, recorriendo un camino de conversión hacia la niñez, es decir, hacia la alegría, pues “si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos”. 

La huida del Padre en todos los conceptos es una violenta negación de la solicitud paterna, que ayuda a vencer debilidades y vivir con paz. La alegría cristiana está basada en la presencia de Dios. Anhelar la cercanía de Dios es suspirar por su presencia alegre y beneficiosa. Por ese motivo, en las circunstancias agobiantes y tristes es necesario ansiar más la alegría auténtica, que es sinónimo de salvación.

Un mundo sin fe, sin cielo y sin esperanza es inhabitable, porque sus alegrías son fugaces y caducas, aunque se busque afanosamente la compensación de lo económico y de lo afectivo. Por eso la alegría cristiana tiene que extenderse y propagarse como el fuego. Buscando la alegría de los demás es cuando se encuentra la propia alegría. 

Obedeciendo a la predicación del Bautista, el verdadero predicador del Adviento, es preciso repartir nuestras túnicas y comodidades, no exigir más de lo establecido, no hacer extorsión a nadie y bautizarse con Espíritu Santo. Así experimentaremos la alegría del Adviento, que es el gozo del Dios que viene a nosotros para salvarnos.

sábado, 11 de octubre de 2014

ID...

Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Él mismo tomó parte en más de una. Este recuerdo vivido, le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Él, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a Él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa. Por eso entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Esta invitación no viene impuesta ni fuerza a nadie. A todos les hace llegar su invitación.
¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha?

Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: no hicieron caso. Les importan más sus tierras y negocios. Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. 

El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio. El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas, que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está, según él, en que ya no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales.